viernes, 27 de julio de 2012

Marta

Aquella noche de verano comunista, en la puerta de tu carro, lo mejor que se me pudo ocurrir decirte, considerando que no volvería a verte en un año, o quizá en toda una vida, fue:  "drive safe", a lo que contestaste, muy adecuadamente, "fly safe".

No fue precisamente una despedida romántica, a pesar de los breves besos que compartimos unos instantes antes, en el mismo lugar. Más románticas fueron nuestras últimas horas juntos, en la cocina, esperando a que la gente nos dejara solos para poder extrañarnos juntos sin miedo a ser descubiertos. A pesar de estas precauciones nos descubrieron, pero nos descubrió algún discreto que comprendió la solemnidad de la situación, y decidió dar marcha atrás aparentando no haber visto nada, del mismo modo que nosotros aparentamos no haberlo visto a él. Y entre mis piernas te besé, y antes, en el camión rumbo a los dormitorios, pensé que me gustaba que hablaras porque así podía mirarte sin delatarme en cuanto a mi fascinación por ti.

Pasamos esa tarde en Krakovia, con las chicas y mi hermano. Tuve que sustituir mis recuerdos de aquella, según dice la gente, tan hermosa ciudad, con la imagen de tu rostro en mi cabeza todo el tiempo. Mas no me arrepiento. No hay recuerdo alguno de esta ciudad que no tenga que ver contigo. La fuente, en donde descubrí tu tatuaje, el restaurante en el que casi logro pedir dos cervezas con jugo y pasar desapercibido como cualquier adolescente polaco, mismo lugar en el que le saqué esa foto a tus hermosos ojos; o qué tal el puente con aquel graffiti de un ratón, que produjo una conversación acerca de Banksy y el arte urbano que recuerdo con júbilo. Y por supuesto, los treinta segundos que tardamos en cruzar el túnel obscuro, que nos dio la oportunidad de tomarnos de la mano sin que la gente nos juzgara de locos inestables enamoradizos.

La mañana de ese día conocí tu casa. Te presioné indirectamente para que solicitaras mi compañía para ir a recoger lo necesario para nuestro viaje a Krakovia, con las más puras intenciones de pasar tiempo contigo, exentas de cualquier erotismo. Ahora lo pienso y creo que probablemente te sentiste en riesgo, o creíste que me había tomado demasiado en serio el beso de despedida de la noche anterior a mi partida definitiva... pero pudiste comprobar mis infantiles intenciones, y eso me alegra.

Lo primero que noté fue el gran estanque, casi lago, en tu jardín. Reíste ante mi impresión, que intenté disimular sin éxito. Entramos, tomaste un baño mientras yo jugaba con tu piano y miraba a tus gatos pasar de un lado a otro. Después subimos a la sala, llena de cabezas de animales cazadas por tu padre. Tuve miedo de decir algo, así que callé.

Y aquella noche, la noche anterior a Krakovia, me despedí de ti al pie de la escalera, con un afectuoso beso en la mejilla. Y en seguida me reprochaste con la mirada. No tuve opción, y besé tus labios una vez, la primera, seguida de otra para cerrar el último. ¿A quién engañamos? Ni tú ni yo estábamos sobrios, y en ese estado caminamos tomados de la mano a la luz de la luna de regreso de la fiesta de verano en aquel club lleno de arena; decidimos creer que los otros no lo notarían, pues era de noche y estaba obscuro. Y en el club, la primera ronda fue cortesía, yo invité la segunda, tú la tercera, y yo la cuarta. Y nos divertimos como niños.

Decidí no partir a Krakovia la tarde de ese día por mera intuición. Y valió la pena. Pues esa día conversé solas contigo por primera vez, en medio del estruendo de un club nocturno. Y antes intentamos posponer mi vuelo a Londres, sin éxito, como si ambos supiéramos que nos gustaríamos y que necesitábamos más tiempo aún antes de conocernos.

Como te dije, lo triste no es haberme ido, sino haberte querido, y compartido tan poco tiempo juntos.

Estos dos días te conozco, Marta, y estos dos días me bastan.

Katowice

Katowice... una ciudad pequeña, no en cuanto a dimensiones, sino en cuanto a popularidad. Una ciudad principalmente industrial en donde la gente labora y los jóvenes estudian. Es como un Querétaro polaco.

La historia pasó por este lugar: en el pequeño, irregular e inconsistente centro histórico de la ciudad, los edificios comunistas contrastan con aquellos que son verdaderas reliquias antiguas, incluyendo hermosas catedrales de diversos estilos arquitectónicos.

Ejemplo de ello es la catedral ubicada a unos pasos de los dormitorios de la Universidad de Sylesia, en donde me hospedé junto con mi hermano, que emerge de una calle cualquiera con sus armoniosas cúpulas verde pastel y un enorme cuerpo de un color rojo ladrillo.

Sin embargo, los edificios y los vestigios históricos no son el principal atractivo en este lugar. De hecho, mucha gente desconoce el atractivo de Katowice, o probablemente se ha acostumbrado a él, y pretende no encontrarlo. Katowice es una ciudad completamente urbanizada, que sin embargo convive en armonía con la naturaleza. Basta caminar unos minutos para encontrarse de pronto en medio del bosque, inmerso en la montaña. Parece ser que la madre tierra recibe con los brazos abiertos a la ciudad, que se amansa y arrodilla frente a ella. En este lugar existe el silencio (imposible de encontrar en la Ciudad de México); en este lugar no se necesitan vientos que te volteen el paraguas para escuchar el crujir de las hojas de un árbol. Se respira paz y armonía. Eso hace a Katowice: la armonía del día. En la noche, sin embargo, es otra historia, que pertenece a otra entrada.

Lo que traje de Europa

La situación es complicadamente sencilla. Después de comenzar una relación cimentada en la duda, en la incertidumbre y en la pasión, emprendo esta travesía al viejo continente, y regreso siendo otro. ¿Se podía esperar menos?

Me fui queriéndola, lo admito. Y la quise un buen rato, sin embargo, partí sabiendo que no me limitaría en ningún sentido por ella. Y el cargo de conciencia fue mínimo.

No me culpo. Finalmente, ¿quién podría culparme por amar? Fui a la aventura, a descubrir un mundo, y a descubrirme a mí mismo. Y encontré mucho de mí que me faltaba. Un horizonte nuevo se abrió ante mis ojos, en mí. Es complicado explicarlo, mas si de algo estoy seguro, es de que volveré el próximo verano. No  le diré lo que ocurrió, pues no serviría de nada. Pondré de mi parte para sacar adelante la situación. Sin embargo confieso que ni a ella ni a nadie los podré ver de la misma manera que hace un mes.

Aún no retorno a la realidad del todo. Cuando mi vida se regularice me ubicaré y escribiré. Por lo pronto, estoy más motivado que nunca para iniciar mi segundo semestre, mi colaboración con Claudia en sus investigaciones (por pequeña que sea), un curso de alemán, y una actitud completamente nueva de estudio. Todo con el objetivo de satisfacer mis expectativas personales, por lo menos un poco.

Jennifer

Una relación cimentada en la incertidumbre y en la pasión. Eso lo resume bastante bien. Una relación, aparte, que desde el día uno he estado consciente de que está destinada a fracasar. Lo digo hoy, que sigue vigente.

Ella es una persona fácil, de esas que se hacen las difíciles, la persona más simple intentando aparentar cierto grado de complejidad que termina en algo cómico. Es, sin embargo, una persona que intenta verdaderamente complacerme y adaptarse, a pesar de sí misma.

Es una mujer que rompe con cualquier estereotipo de pareja, es, como dice la canción, la mujer que tu mamá no quiere que traigas a casa (sin embargo le agrada a mi madre, quizá porque también conoce el destino de la relación), y eso me atrae. Es una mujer ardiente, no tanto físicamente; lo ardiente recae en su actitud ligeramente prosaica. Es una inconsciente, dispuesta a exigir que la comprenden sin pretender que uno espere que ella muestre comprensión de su parte. Cree que es mala porque le gusta ir a bailar a antros y emborracharse y hacer el ridículo y gritar a los cuatro vientos cuántos hombres la han pretendido, y a cuántos de esos ha desdeñado, y cómo ninguno la ha hecho sufrir. Sin embargo es una niña, y lo sabe. Me incita a desempolvar ciertas partes de mi personalidad que están guardadas en el olvido, o que quizá aún no había estrenado. Me gusta, porque al gustarme me doy cuenta de que puedo hacer lo que quiera con mi vida, tomar las decisiones equivocadas si quiero, enamorarme de la persona equivocada, ¿por qué no?, y no sólo quererla, sino identificarme con ella... esa es la base de nuestro amor. Un amor que sin embargo no llegó para durar, aparentemente.