viernes, 27 de julio de 2012

Katowice

Katowice... una ciudad pequeña, no en cuanto a dimensiones, sino en cuanto a popularidad. Una ciudad principalmente industrial en donde la gente labora y los jóvenes estudian. Es como un Querétaro polaco.

La historia pasó por este lugar: en el pequeño, irregular e inconsistente centro histórico de la ciudad, los edificios comunistas contrastan con aquellos que son verdaderas reliquias antiguas, incluyendo hermosas catedrales de diversos estilos arquitectónicos.

Ejemplo de ello es la catedral ubicada a unos pasos de los dormitorios de la Universidad de Sylesia, en donde me hospedé junto con mi hermano, que emerge de una calle cualquiera con sus armoniosas cúpulas verde pastel y un enorme cuerpo de un color rojo ladrillo.

Sin embargo, los edificios y los vestigios históricos no son el principal atractivo en este lugar. De hecho, mucha gente desconoce el atractivo de Katowice, o probablemente se ha acostumbrado a él, y pretende no encontrarlo. Katowice es una ciudad completamente urbanizada, que sin embargo convive en armonía con la naturaleza. Basta caminar unos minutos para encontrarse de pronto en medio del bosque, inmerso en la montaña. Parece ser que la madre tierra recibe con los brazos abiertos a la ciudad, que se amansa y arrodilla frente a ella. En este lugar existe el silencio (imposible de encontrar en la Ciudad de México); en este lugar no se necesitan vientos que te volteen el paraguas para escuchar el crujir de las hojas de un árbol. Se respira paz y armonía. Eso hace a Katowice: la armonía del día. En la noche, sin embargo, es otra historia, que pertenece a otra entrada.

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