Aquella noche de verano comunista, en la puerta de tu carro, lo mejor que se me pudo ocurrir decirte, considerando que no volvería a verte en un año, o quizá en toda una vida, fue: "drive safe", a lo que contestaste, muy adecuadamente, "fly safe".
No fue precisamente una despedida romántica, a pesar de los breves besos que compartimos unos instantes antes, en el mismo lugar. Más románticas fueron nuestras últimas horas juntos, en la cocina, esperando a que la gente nos dejara solos para poder extrañarnos juntos sin miedo a ser descubiertos. A pesar de estas precauciones nos descubrieron, pero nos descubrió algún discreto que comprendió la solemnidad de la situación, y decidió dar marcha atrás aparentando no haber visto nada, del mismo modo que nosotros aparentamos no haberlo visto a él. Y entre mis piernas te besé, y antes, en el camión rumbo a los dormitorios, pensé que me gustaba que hablaras porque así podía mirarte sin delatarme en cuanto a mi fascinación por ti.
Pasamos esa tarde en Krakovia, con las chicas y mi hermano. Tuve que sustituir mis recuerdos de aquella, según dice la gente, tan hermosa ciudad, con la imagen de tu rostro en mi cabeza todo el tiempo. Mas no me arrepiento. No hay recuerdo alguno de esta ciudad que no tenga que ver contigo. La fuente, en donde descubrí tu tatuaje, el restaurante en el que casi logro pedir dos cervezas con jugo y pasar desapercibido como cualquier adolescente polaco, mismo lugar en el que le saqué esa foto a tus hermosos ojos; o qué tal el puente con aquel graffiti de un ratón, que produjo una conversación acerca de Banksy y el arte urbano que recuerdo con júbilo. Y por supuesto, los treinta segundos que tardamos en cruzar el túnel obscuro, que nos dio la oportunidad de tomarnos de la mano sin que la gente nos juzgara de locos inestables enamoradizos.
La mañana de ese día conocí tu casa. Te presioné indirectamente para que solicitaras mi compañía para ir a recoger lo necesario para nuestro viaje a Krakovia, con las más puras intenciones de pasar tiempo contigo, exentas de cualquier erotismo. Ahora lo pienso y creo que probablemente te sentiste en riesgo, o creíste que me había tomado demasiado en serio el beso de despedida de la noche anterior a mi partida definitiva... pero pudiste comprobar mis infantiles intenciones, y eso me alegra.
Lo primero que noté fue el gran estanque, casi lago, en tu jardín. Reíste ante mi impresión, que intenté disimular sin éxito. Entramos, tomaste un baño mientras yo jugaba con tu piano y miraba a tus gatos pasar de un lado a otro. Después subimos a la sala, llena de cabezas de animales cazadas por tu padre. Tuve miedo de decir algo, así que callé.
Y aquella noche, la noche anterior a Krakovia, me despedí de ti al pie de la escalera, con un afectuoso beso en la mejilla. Y en seguida me reprochaste con la mirada. No tuve opción, y besé tus labios una vez, la primera, seguida de otra para cerrar el último. ¿A quién engañamos? Ni tú ni yo estábamos sobrios, y en ese estado caminamos tomados de la mano a la luz de la luna de regreso de la fiesta de verano en aquel club lleno de arena; decidimos creer que los otros no lo notarían, pues era de noche y estaba obscuro. Y en el club, la primera ronda fue cortesía, yo invité la segunda, tú la tercera, y yo la cuarta. Y nos divertimos como niños.
Decidí no partir a Krakovia la tarde de ese día por mera intuición. Y valió la pena. Pues esa día conversé solas contigo por primera vez, en medio del estruendo de un club nocturno. Y antes intentamos posponer mi vuelo a Londres, sin éxito, como si ambos supiéramos que nos gustaríamos y que necesitábamos más tiempo aún antes de conocernos.
Como te dije, lo triste no es haberme ido, sino haberte querido, y compartido tan poco tiempo juntos.
Estos dos días te conozco, Marta, y estos dos días me bastan.
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